AMÍLCAR O LA EDUCACIÓN DE UN NAVEGANTE
Reseña de Amílcar, el gran navegante fenicio
Por J. P. Quiroz Rivera
Hay novelas históricas que buscan deslumbrar al lector con peripecias, con acción encadenada y paisajes exóticos, y otras que se proponen, con una ambición más silenciosa, reconstruir desde dentro el pulso íntimo de un tiempo remoto. Amílcar, el gran navegante fenicio, de Juan Bonet Cardona, pertenece sin duda a esta segunda categoría. Su mérito no reside en la acumulación de episodios espectaculares, sino en la manera pausada y veraz con la que nos hace entrar en la vida concreta de una familia fenicia cualquiera, anclada en la historia y en la geografía, enfrentada a las incertidumbres universales de la existencia: la supervivencia, la educación de los hijos, el peso de la tradición y el deseo de futuro.
La novela, que inaugura la Colección Sal de Novela Histórica de Melqart Editorial, nos sitúa en la segunda mitad del siglo VIII a.C., en las montañas que rodean a Tiro, cuando el Imperio Asirio aprieta con tributos y las colonias fenicias comienzan a prosperar al oeste. Pero en lugar de comenzar en el fragor de los puertos o en la algarabía de las grandes expediciones, Bonet Cardona opta por un inicio sobrio y elocuente: el nacimiento de Amílcar en una casa humilde, en medio de la lluvia y las montañas. “Los gritos del recién nacido se abrían paso entre el ruido de la lluvia que había empezado a caer instantes antes”, leemos, y ya en estas primeras líneas queda expuesto el tono de la narración: una atención minuciosa a lo elemental, a la luz, a las estaciones, a los oficios, a la fragilidad de los afectos.
A lo largo de la novela, el lector no solo asiste a la formación de Amílcar —de niño curioso a navegante— sino que se asoma, casi sin darse cuenta, a las claves profundas de la civilización fenicia: la explotación racional de los recursos forestales, la estrecha relación entre las técnicas artesanales y el comercio, la vida de las mujeres en las fábricas de tintes, la estructura familiar y la expansión marítima. Sin hacer de ello una lección, Bonet Cardona va hilando pequeñas escenas cotidianas que nos permiten ver cómo aquella cultura tejió su red sobre el Mediterráneo. La enseñanza que Aleyin, el padre de Amílcar, le transmite sobre el bosque —“Mira a tu alrededor y fíjate en las montañas. Ellas nos dan lo que necesitamos, pero para ello hay que tratarlas bien”— encierra una sabiduría práctica y moral que atraviesa toda la novela.
Lejos de los tópicos sobre pueblos marineros movidos exclusivamente por la codicia comercial, la novela nos muestra a unos fenicios conscientes de la precariedad de su mundo, sometidos a la amenaza constante de las potencias orientales y al vaivén del comercio, pero también hábiles para encontrar nuevas rutas y fundar colonias que les permitan sobrevivir. A través de la mirada de Amílcar, que por primera vez observa la agitación de Tiro y las injusticias del sistema social —“Son esclavos, que traen para vender o trabajar en las casas de algunas familias que pueden permitírselo”—, el lector es testigo de la complejidad de aquella sociedad, capaz de aunar sofisticación técnica y violencia estructural sin contradicción aparente.
Quizá el mayor acierto de Bonet Cardona esté en su capacidad para fundir la materia histórica con la narración literaria. Los personajes no son pretextos para ilustrar costumbres antiguas, sino criaturas verosímiles, movidas por pasiones reconocibles: el orgullo de Aleyin, que desconfía de la vida urbana; la prudencia de Sikarbaal, mujer de manos marcadas por los tintes púrpura, pero poseedora de una inteligencia práctica que sostiene a su familia; la mirada asombrada y luego crítica de Amílcar, que aprende a comprender su mundo sin renunciar a cuestionarlo. El conflicto silencioso entre la vida campesina y la ciudad, entre el apego a la tierra y la atracción por el mar, late en cada página sin necesidad de subrayados.
Por debajo de la historia visible —el crecimiento de Amílcar, las relaciones familiares, las primeras navegaciones—, la novela sostiene una meditación más profunda sobre el aprendizaje, la transmisión y el tiempo. Los relatos del abuelo, la biblioteca, los templos, los oficios, las palabras que se heredan y las que se reinventan, conforman la verdadera educación del protagonista. La novela muestra sin didactismos que, en el mundo fenicio, como en cualquier otro, todo saber es frágil, toda tradición está amenazada y todo viaje es, en última instancia, una forma de búsqueda.
Con este primer título, la colección SAL de Novela Histórica de Melqart Editorial se presenta con la solidez de una propuesta que aspira a renovar la novela histórica sin renunciar a su exigencia literaria ni a su rigor. Amílcar, el gran navegante fenicio no es solo un viaje al pasado: es, ante todo, la narración sobria y luminosa de un mundo en transformación, contado desde la humanidad concreta de quienes lo habitaron.
El libro se presenta el viernes 11 de abril a las 20.30 horas en la Biblioteca de Can Ventosa (Ibiza).
Amílcar. El gran navegante fenicio está disponible en nuestra librería: